El Mito del zombi (II)
el cambio estético del zombi entre los 50’s y 60’s

«Pero revivirán tus muertos, los cadáveres se levantarán; se despertarán jubilosos los habitantes del polvo y los muertos resurgirán de la tierra.»
Isaías 26: 19
«They’re coming to get you, Barbra…»
de la escena inicial de Night of the Living Dead (1968).
Tumbas removidas…
Si pensamos en los pilares que conforman el terror moderno, seguramente entre espíritus y psychokillers también aparecerá la figura del zombi. Este cadáver errante, de ropas andrajosas, movimientos torpes y mirada perdida, ha protagonizado miles de manifestaciones artísticas en diferentes áreas que han hecho las delicias de unos y han producido el pavor y los escalofríos de otros. Pero, ¿cuál ha sido su devenir estético y cómo se ha convertido en lo que hoy conocemos? La estética zombi desarrollada entre los años cincuenta y sesenta simboliza un cambio rápido y esclarecedor que mama directamente de los cambios sociológicos, antropológicos y políticos del momento. El zombi que poco a poco se fue conformando en esas décadas se convirtió rápidamente en toda una metáfora del miedo del ser humano más primitivo: el miedo al Otro y a la maldad innata.
Se podría decir, sopesando el resultado y el devenir del zombi, que se trata de una acumulación cultural la responsable de la evolución del mito; sin embargo esto no explica a mi entender — o mejor dicho, explica en parte — el cambio estético que sufre el muerto revivido. El zombi puede resumirse fácilmente en la supuesta imagen de un maniquí de alambre al que se le van superponiendo diferentes retales, sin orden ni concierto, de diferentes materiales y en diferentes estados. Al final de la operación, el maniquí sigue ahí, pero el resultado que nos ha llegado es muy diferente a la imagen original del maniquí. En síntesis, y respetando el esquema tripartito expuesto por Palacios (en La plaga de los muertos vivientes, Jesús Palacios clasifica el zombi en zombi vudú, zombi pulp y zombi posromero) pero bajo mi propia terminología, tenemos tres figuras esenciales: el esclavo sumiso, el monstruo alienado y el alienado monstruoso. Si bien el esquema de Palacios clasifica a nuestro monstruo por sus estadios históricos y evolutivos, creo que mi propuesta está más cercana a ceñirse a una clasificación que tiene en cuenta sus diferentes estadios estéticos.



